“JAMAS MIRES ATRÁS”
(cuento de mi autoria)
Era una noche fría, oscura y tenebrosa. Los árboles altos, muy altos, casi hasta lo anormal; sus ramas eran secas, retorcidas casi esqueléticas se movían lentamente en un agonizante vaivén, crujían al ritmo del silbido con melodía a réquiem que aullaba el helado viento. La nieve se hundía profundamente bajo tus pesados y lentos pasos. Escuchas cantos de lechuzas agitadas a todo tu alrededor. Escuchas, también, como crujen algunas ramas secas que se encuentran en el suelo algunos pocos metros detrás de ti. Demasiado poco. Tu corazón resuena de forma estrepitosa. Tu cabeza piensa, pero ya no de forma racional, en aquellos pasos que parecen acercarse más y más con cada uno de tus latidos. Cuando estas a punto de tropezarte debido a la nieve y a la velocidad que llevas que ya no puedes controlar cometes un error. Quizá el peor de todos, volteas tu cabeza para tratar de ver aquello que te persigue. En ese momento tu mente explota, casi hasta la locura. Lo que ves es tan indescriptible como la sensación que presiona tu cuerpo que traducida, por decirlo de alguna forma, es el terror. Es lo mas tenebroso e inesperado que podrías haber encontrado. El terror final. La muerte y el miedo se unen a tu alma.
Algo grande, como de tres metros, esta parado delante de ti.
Tropiezas y caes de espalda en el suelo helado del bosque.
Era peludo, con cara de algún tipo de felino pero morbosamente parecida a una humana. Tenía ojos como inyectados en sangre. Su boca grande, babeante, de dientes infinitos y afilados dejo soltar un grito, seco y ensordecedor que ayudo a que casi cruces el límite de la cordura. Sus manos de cinco delgados y largos dedos, dejan ver, amenazantes sus garras afiladas y puntiagudas que refulgen en la oscuridad un blanco resplandor, reflejo de aquella luna que, tiempo atrás deseabas ver pero que, ahora, solo ayuda a estremecerte mas la piel. Su larga cola latigueaba la nieve por entre sus piernas. El color negro, oscuro y opaco de su pelaje contrasta con la nieve blanca. Solo esperas que sea un sueño, un mal recuerdo y que pronto acabe.
Al otro día despiertas entre las tibias cobijas de tu cama, traspirado, agitado y agradeciendo a cuanto santo recuerdas, que solo fue un sueño. Sales de la cabaña entre los rayos refulgentes al sol del mediodía a buscar leña para tu chimenea. Caminas aliviado por el bosque. De pronto algo te llama la atención. Ves una gran mancha de sangre en la nieve que todavía deja escapar rastros de vapor, como si recién hubiera tocado el suelo frío. Las ramas que recogistes se caen de tus manos, caes arrodillado al piso y elevas tus manos hasta tu garganta. Las manos se impregnan del vital fluido. Al mismo tiempo escuchas como las ramas se quiebran en el piso y oyes como los lentos y pesados pasos se alejan detrás de ti acompañados de un fuerte ronroneo.
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